Apropiarnos

Si tuviera que elegir entre apropiarme o quedarme solo, quizás siempre preferiré cualquier cosa menos dejar de estar en una relación.

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Leonardo Da Vinci fue comisionado por el duque de Milán a construir una enorme estatua que tenía que ver con su propio sueño: un caballo. El artista tuvo éxito en los primeros pasos del proyecto. Analizó la anatomía de los caballos, lo dibujó muchas veces para decidir cómo seria el trote del caballo, recogió miles de kilos de metal, e incluso creó un asombroso modelo en arcilla en 1493. Sin embargo nunca pudo concretar su caballo. El modelo de arcilla seria destruido cuando los franceses invadieron Milán, seis años después. Luego de esto, Da Vinci se absorbió en la pintura y la invención, nunca volvió al proyecto del caballo, y murió con esta decepción. Curiosamente en 1977 Charles Dent tomó el sueño de Da Vinci e intentó realizarlo. Él esperaba acabar el caballo y hacerle un regalo al pueblo italiano, pero también falló en su intento. Finalmente el escultor Nina Akamu se apropió y completó la obra. Se estrenó en Milán en 1999.

 

Apropiarnos proviene de la palabra propio hacernos propio. Propio es una palabra de origen latín (propius) que deriva a su vez de la expresión latina (pro privo) o bien, a favor de lo privado. La palabra privado, también latina (privatus) que corresponde al verbo privar.
Estamos hablando entonces de estar a favor de lo privado, en tanto privar a alguien de algo o inclusive de sí mismo. Entonces para el apropiarnos podría entenderse como el adueñarnos, apoderarnos, atribuirnos y otros apelativos despreciables, incluso es pertinente el conquistar, que ya nos lleva a otros conceptos, tipo acecho y sobre todo, adquirir de otro/a algo de manera reiterada o permanente. Que la conquista sea permanente es sin duda atractivo y regresa entonces el aprecio.

¿De qué estamos hablando? ¿De la actitud despreciable de adueñarse de otro/a o de apreciar tanto y por ello apropiarnos?

eQtasis es algo más que una plataforma de unidades de trabajo clínico, se ha construido durante años un escenario (algo más que una plataforma) sobre el cual poder habitar. Se ha desplegado un tablado esperando que alguien venga y se haga dueño en su propio actuar, todo lo demás es accesorio.
Individual, subjetivo y singular como tres componentes que nada tiene que ver el uno con el otro. Lo que queda claro es que la propiedad es individual. Exactamente, porque lo subjetivo es sólo el punto de vista, es decir, desde dónde se puntúa la realidad. La singularidad es aquello que nos vuelve únicos, es decir, es el lugar de la diferencia, no hay singular posible si no es a partir de la distinción que creamos con lo otro, diferente de lo otro, siempre en relación. Todo esto deja a lo individual en el despreciable lugar de la propiedad, no existe modo de referir a lo individual si no es a través de la propiedad, como lo es el cuerpo, que seguirá siendo siempre propiedad individual, quizás la única forma de delimitar un límite con el otro. A menos que -y sólo a menos que- exista una entrega, un aviso, un permiso, una herencia, de aquello que se ha puesto ahí para apropiarse. Tanto que no tomarlo sea efectivamente un desprecio y al aprecio esté, justamente, en tomar aquello que ha sido dispuesto para.

La fecha está indicada, el fuego está listo, la mesa está servida y la continuidad está por escribirse. Se han ido los que no han debido, han tomado distancia los que no han podido, han regresado los que han querido y están aquí aquellos que les corresponde: ¿Es este un cariño correspondido?

eQtasis es mío!
Si hay aprecio en aquello que está ahí dis-puesto, no hay alternativa alguna que no sea el apropiarse

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